Niños muertos en la cuneta mientras te gastas los últimos veinte euros en una mamada miserable, a manos y boca de una triste esclava moderna venida del este.
Te odio.
Anoche, mientras dormías, me levanté de la cama y contemplé el cielo. Algo que ya nunca hacemos. Nadie mira el cielo nunca, no sabemos que luna nos observa ni cuantas estrellas se esconden tras el telón de luz y suciedad que hemos erigido, laboriosas arañas de metal irisdiscente y roto. Carcomido. Óxido de sangre y mentiras dulces.
Ayer te quería.
He grabado los nombres de los arcángeles, los que tantas veces me obligaron a recitar antes de dormir, en mi piel afrentada por tus fluidos.
Cuando el bebé salía de casa, seguro, protegido en el cochecito, recién amamantado, confortable y cálido, pensó: Oh, mierda, incluso lo bueno se acaba tarde o temprano. Se defecó encima y se durmió. Ahora eres ese puto crío, sin pañales ni globos-de-saliva-provoca-sonrisas-estúpidas-en-los-adultos. Una patética criatura hambrienta, ansiosa y descontrolada.
No escribo por ti, puta babosa. Ni por mi, si a eso vamos. escribo por que os odio con la intensidad del perdedor. Y eso tiene que salir. Ansío acostarme con mi exnovia, llevo varios días durmiéndome antes de poder masturbarme a gusto.
Sé que estás leyendo esto y me la suda.
Podría girarme y te vería, pero ni tan siquiera te mereces ese esfuerzo.
Je.